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Capítulo 18. La mesita mágica

El capítulo más corto del libro y el más citado.

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Hay una historia que seguramente no ha dejado de pasar en ninguna casa.

Un matrimonio joven se compra su primera casa. Todo nuevo, todo suyo, todo huele todavía a pintura. En la entrada hay una mesita. Una mesita normal, nada del otro mundo.

Él vuelve del trabajo y tira encima las llaves. Por la mañana las llaves no están en la mesita: están en el cuenco.

Deja por la noche la taza del café. Por la mañana el tablero está vacío y la taza limpia en el armario.

Se deja un sobre roto, un tique, un calcetín y dos tornillos que no quería perder. Por la mañana, nada. El tablero limpio como el día que lo trajeron. Los tornillos están en un bote en el garaje. En un bote de cuya existencia él no tenía ni idea.

Y durante unos cuantos años él cree de verdad, con esa media broma con la que despachamos las cosas sobre las que no nos apetece pensar, que esa mesita tiene algo de mágico.

Qué buena es nuestra mesita. Siempre limpia.

No es mágica.

Mágica es la mujer que a las once de la noche, cuando él ya duerme, cruza la entrada, recoge del tablero el día de él y lo reparte por toda la casa. La taza al lavavajillas.

El sobre a la basura. El calcetín al cesto. Los tornillos al bote que ella misma etiquetó un día, porque si no nadie sabría qué hay dentro.

Le lleva cuatro minutos. Lleva ocho años haciéndolo.

Y él no se entera nunca.

No se enteró en esos ocho años. No se enteró cuando la cosa empezó a estropearse. No se enteró ni siquiera cuando se sentaron en la cocina y decidieron que aquello se había acabado.

Porque cuando llegó el momento de repartir las cosas, preguntó completamente en serio: Oye, ¿me puedo quedar con la mesita mágica?

Se la quedó.

Y la mesita dejó de funcionar esa misma noche.

Entonces vio por primera vez en su vida la cadena entera. Ocho años tarde.

Esta historia tiene dos fondos.

El primero lo conoces del capítulo ocho. Esto no es una historia sobre limpiar. Es una historia sobre acordarse, sobre esa segunda columna, la invisible, que casi siempre lleva una sola persona.

Y tiene una propiedad especialmente cruel:

Cuanto mejor haces ese trabajo, más parece que no existe.

Porque una casa bien recogida no parece recogida. Parece limpia por sí sola. Y no se puede dar las gracias por algo que no se ve.

Además, esto no es cosa de sexos, ya escribí sobre ello en el capítulo seis. Es cosa de quién hace el trabajo. Cambia los papeles en esta historia y no cambia ni una sola frase.

El segundo fondo es más importante, porque de eso va el libro entero.

Tu hijo vive en una casa en la que cada mueble, uno por uno, es mágico.

El armario mágico: metes ropa sucia y sacas ropa limpia y doblada. La nevera mágica, en la que la comida simplemente está. El grifo mágico. El wifi mágico. El coche mágico, que siempre tiene combustible.

Esto es exactamente LA VIDA CON ROPA del capítulo siete. El niño ve la posición dieciséis y no ve nunca las quince primeras.

Y el niño que crece en una casa llena de muebles mágicos no se vuelve desagradecido. Se vuelve algo peor.

Se vuelve un adulto que se cree de verdad lo de las mesitas mágicas.

Y luego ese adulto se casa. Y otra persona se lleva su tablero en el lote.

Una boda no es mamá, edición extrema.

Desencantar esto es más fácil de lo que crees, y no hace falta dejar de recoger.

Basta con enseñar la mesita por debajo una vez, antes de que alguien quiera llevársela.

Un folio, la cadena, contar las posiciones: el método entero está en el capítulo siete y funciona igual con un crío de seis años que con un tío de cuarenta que lleva ocho sin darse cuenta de que en casa tiene mujer en vez de magia.

Y para un niño a veces basta con una frase, dicha sin reproche, con voz normal:

«¿Tú sabes quién quita las cosas de esta mesita?»

Normalmente no lo sabe. Y normalmente se queda sinceramente sorprendido.

No hay mesitas mágicas. Hay gente que recoge mientras tú duermes.

Aunque, ¿sabéis qué? Sería un hipócrita si no dijera una cosa. Yo mismo soy uno de esos magos. No hay mueble que no haya probado: el armario mágico, la nevera mágica, la mesita mágica, en mi casa funcionan todos. Estoy en ello. Va costando. Pero de eso se trata. Del entrenamiento. Porque a veces hay que rugir, si no la cosa no funciona. Y algo de verdad tiene, por desgracia. Pero cuanto menos, mejor.

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